Por Sebastián Dumont
Cada vez que cae un líder narco aparece la misma pregunta: ¿se termina el cartel? La historia reciente demuestra exactamente lo contrario. La posible desaparición del liderazgo histórico del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) no marca el final de una era, sino el comienzo de un escenario más fragmentado, menos previsible y potencialmente más violento.
Durante la última década, el CJNG dejó de ser un actor regional para transformarse en una estructura flexible, casi corporativa. Su crecimiento estuvo basado en una lógica distinta a la del viejo narcotráfico: drogas sintéticas, expansión rápida y células semi-independientes capaces de operar como franquicias criminales. Esa arquitectura hace que el golpe a la cúpula no necesariamente destruya al sistema; muchas veces lo dispersa.
Ahí aparece el verdadero riesgo. Cuando el poder se atomiza, el mapa criminal deja de tener dos grandes polos claros —CJNG y Cártel de Sinaloa— y se convierte en un mosaico de grupos medianos que compiten por las mismas rutas. Zacatecas, Guanajuato o Baja California ya muestran señales de ese fenómeno: menos jerarquía central y más conflictos locales.
Para Estados Unidos, el tema excede la seguridad mexicana. El flujo de fentanilo, las rutas del Pacífico y la estabilidad en la frontera norte transforman cada movimiento interno del narco en un asunto geopolítico. En ese contexto, la pregunta no es si habrá menos narcotráfico, sino qué modelo criminal dominará la próxima etapa: uno más concentrado o un ecosistema disperso y difícil de controlar.
México podría estar entrando en una fase que recuerda más a un mercado en competencia permanente que a una guerra entre dos carteles definidos. Y cuando el crimen organizado empieza a comportarse como una red empresarial global, la violencia deja de responder a jerarquías claras y pasa a depender de quién logre ocupar primero los espacios vacíos.